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Cuentos de hadas

Cuentos de hadas

Cosme era un niño de once años al que aparentemente no le hacía falta nada, vivía en una buena casa, asistía a la mejor escuela del condado, cuando era su cumpleaños en la casa había toda clase de presentes etc.

Más lo que el chico quería, era algo que con los bienes materiales no se puede adquirir, el amor de sus padres. Su madre desde que salía el sol se iba con sus amigas a jugar canasta. Mientras que su padre dedicaba todo el día a administrar sus negocios.

En la noche, era una de las pocas ocasiones en las que Cosme podía verlos juntos, a la hora de la cena. El niño iniciaba la conversación, esperando que alguno de los dos le respondiera.

No obstante, parecía que le estaba hablando a una pared, pues cada adulto estaba inmerso en su propio planeta. Su mamá estaba pegada al teléfono mandando mensajes a sus amigas. Por su parte, su papá miraba de reojo los resultados deportivos en la televisión del comedor.

Luego de eso, una de las nanas se acercaba a Cosme y le decía:

– Ven mi niño, es momento de que te pongas el pijama y te vayas a acostar.

En la soledad de su cuarto, Cosme lloraba observando la luna. A veces anhelaba que los cuentos de hadas fueran de verdad, pues así alguno de esos míticos seres tal vez le concedería un deseo.

Cuento de hadas

Una tarde mientras hacia sus deberes escolares, alcanzó a escuchar el canto de un pajarillo, el cual estaba posado en el dintel de su ventana. Era un ave muy pequeñita, pero con un bellísimo plumaje.

El niño se acercó para poder ver mejor al pajarillo. Velozmente se percató de que el animalito tenía rota un ala:

– Yo te voy a cuidar, tú vas a ser mi mejor amigo. Le dijo con un tono muy amistoso.

Diciendo esto, introdujo al pajarito en su habitación y le acondicionó una caja para que estuviera lo más cómodo posible. Por las noches, Cosme le leía cuentos de hadas y le hacía comentarios al respecto.

– Sabes, las hadas del bosque son mágicas. Con su varita de virtud pueden hacer que cualquier cosa se vuelva realidad.

Después de un par de meses de repetir esa rutina a diario, el niño vio como el ala del ave había sanado totalmente.

– Ya estás listo para volar, aunque me gustaría que no te fueras, pues tú eres el único que me escucha en esta casa. A veces creo que hasta entiendes lo que digo.

Con algo de recelo, el infante abrió la ventana. Pocos segundos después, el ave desplegó sus alas y salió volando de ahí. Ésa noche sucedió algo extraordinario, en la cena, sus padres le preguntaron al unísono:

– ¿Qué te pasa hijo, te sientes bien? Siempre nos abrumas con tus charlas y ahora ni siquiera has probado bocado.

– No me pasa nada, estoy bien, no se preocupen.

Hadas

Se levantó de su silla y se fue a sus aposentos. En el instante en el que su rostro tocó la almohada, se quedó profundamente dormido. De pronto, un resplandor lo despertó:

Entreabrió los ojos y observó que un hada estaba sentada en su buró.

– Hola Cosme, perdón por irme sin despedirme pero no me gustan las despedidas, son muy tristes. Me llamo Mirta, quizás no me recuerdes pero yo era el pajarito que tú curaste. No necesitas pedirme nada, se lo que quieres. Al decir eso la pequeña criatura, se le acercó y le dio un beso en la frente.

Inmediatamente después, el niño abrió los ojos y vio como sus padres estaban ahí abrazándolo. Le pidieron perdón por no haberle prestado la atención debida y prometieron darle todo el cariño que le habían negado hasta entonces.

El chico recordó emocionado sus cuentos de hadas y balbuceo “gracias”.