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El fotógrafo de los muertos

El fotógrafo de los muertosMuchas son las capacidades de un buen cuerpo de cámara, con el objetivo adecuado pueden capturarse escenas cotidianas de un modo tal que aparecen detalles que nadie hubiese supuesto nunca. Imaginen ahora las capacidades de un fotógrafo extraordinario, capaz de descubrir a aquellos seres que no quieren ser detectados por ojos mortales.

Esta es la leyenda que relataba Jorge a sus nietos, la de un misterioso caminante de la noche que siempre pasaba por su barrio armado con una cámara profesional de la década de 1970, solo, sin hablar con las pocas personas que deambulaban por las calles a altas horas de la noche se dedicaba a tomar fotos al vacío.

Intrigado por la figura de este hombre misterioso Jorge, a la edad de diez años, decidió escapar un día de su casa para seguirle y saber, si no quién era, por lo menos qué era aquello que fotografiaba con tanta afición.

Una noche salió por la ventana de su habitación cuando sus padres dormían y esperó al hombre. Luego de algún tiempo el fotógrafo apareció de una esquina, desde lejos no parecía tan grande, pero desde la calle era imponente. Pasó por un lado del niño sin siquiera prestarle atención, con su cámara lista para disparar. Jorge cuenta que esa noche caminó sin poder acercarse al hombre que siempre parecía avanzar más rápido que los pasos que daba. Finalmente llegó a una calle en la que alguien gritó su nombre, era Pedro, su vecino. Al sonar la voz del hombre el fotógrafo desapareció sin dejar rastro. Pedro le contó que ese hombre era un ser sobrenatural encargado de recoger a los muertos que vagaban por la noche y llevarlos al infierno, presos en su cámara y que no se debe intervenir en su trabajo.

El charro de la carretera

El charro de la carretera

En un pueblito denominado solamente como “El Rosario” cuenta la gente que a veces aparece un charro diciendo a los camiones de pasajeros que lo lleven a su destino.

Lo raro del asunto, tal y como sucede con otras leyendas mexicanas, es que de acuerdo a informes que se han recabado durante mucho tiempo, se sabe que los camiones que prefiere ese individuo son los autobuses que tienen programadas paradas continuas.

Quise comprobar por mí mismo si esto era un hecho verdadero o simplemente un mito que ha ido creciendo a lo largo del tiempo. Por tal motivo, compré mi boleto en la estación de “El Rosario” y me subía uno de los autobuses que más eventualidades de este estilo había experimentado.

Aproximadamente ocho minutos después de que dejamos la estación, un hombre vestido de charro parado al lado derecho del camino, le hizo una señal al chofer para que se detuviera.

Aunque se percibía la actitud desconfiada del conductor, este abrió la puerta y encaró al supuesto músico:

– ¿Qué se le ofrece mi amigo?

– ¿Quería saber si me podría llevar por favor al pueblo de “Palizada”? No tengo boleto, pero puedo pagarle en metálico.

– Está bien, son $146.

El charro se metió la mano a uno de sus bolsillos y sacó lo que parecían ser monedas de oro antiguas. Eso lo supe por la manera en que reaccionó el chofer al verlas.

– ¿Quieres jugar conmigo? Yo no acepto dinero de juguete, si no tienes dinero de verdad, mejor bájate y espera a que un incauto te lleve a dónde deseas.

El músico murmuró unas palabras y bajó de ahí sigilosamente. El resto del camino, no ocurrió nada fuera del ordinario.

Sin embargo, al día siguiente me enteré de que el conductor de esa unidad, había muerto asfixiado en la madrugada. Enredado en su cuello se encontró la cuerda de una guitarra.

La fuente del oro

La fuente del oro

No sólo las crónicas provenientes de la época de la colonia, nos dejan entrever que en aquella época el oro era el metal más codiciado por parte de los conquistadores, sino que inclusive en España especialmente las leyendas gallegas abordan el tema sutilmente.

Mi profesora de historia nacida “en el viejo continente” conocía la historia de un marino errante que un día oyó a unos hombres charlando sentados a la orilla del mar.

La plática hacía referencia a una fuente increíble que se ubicaba muy cerca de Galicia. Rápidamente, el marinero tomó lápiz y papel para comenzar a hacer un mapa. Trazó algunas líneas y pensó que ya tenía lo necesario para emprender su viaje, dado que sus años como cartógrafo, le permitían conocer esas rutas como la palma de su mano.

Subió a su embarcación y desplegó las velas. Usando su brújula de bolsillo, pronto divisó el islote en donde se suponía, estaría enclavada la fuente del oro.

Pocas son las cosas que se pueden decir del momento en que el marinero se adentró a la isla, ya que la leyenda se ha ido modificando gracias a la transmisión oral. Sin embargo, lo que sabemos es que el hombre quedó maravillado al quedar frente a la fuente.

Estaba hecha de rocas y barro, como si los dioses la hubiesen construido. Acercó con mucho cuidado el dedo índice de su mano derecha, pues pensó que aquel líquido estaría sumamente caliente. Más cuál sería su sorpresa, al notar que ese fluido dorado era como agua proveniente del glaciar, es decir, demasiado fría.

Después quiso meterse a la fuente, con el fin de que todo su cuerpo fuera cubierto por ese bellísimo oro líquido. Sin embargo, no pudo moverse debido a que las gotas que habían tocado su dedo, le estaban endureciendo los músculos.

Su corazón dejó de latir y antes de que su mente dejara de funcionar, observó cómo a su alrededor se encontraban cientos de estatuas de hombres cubiertas de oro.