Saltar al contenido
Cuentos de Hadas

La Niña Filomena

La Niña Filomena

Había una vez una muchacha llamada Filomena que había nacido en una familia pudiente en un gran palacio que tenía un balcón muy alto donde podía observar toda la aldea que se encontraba en la periferia del palacio, las condiciones de vida de los habitantes de la aldea eran muy malas y no tenían con que comer, muchos de ellos vestían harapos y exhibían su miseria para ablandarle el corazón a algunos de los Grandes Señores que vivían en los palacios y como en el que Filomena vivía.

Su padre que tenía título nobiliario igual que otros señores que habitaban en los palacios alrededor de la aldea, eran dueños de toda la tierra donde trabajaban todos los habitantes, estos señores se aprovechaban de la fuerza de trabajo de cada uno de sus jornaleros y el pago que recibían no les alcanzaba, muchas veces quedaban endeudados con alguno de estos Señores y tenían que trabajar nada más que para cancelar la deuda que tenían.

Muchas veces los jornaleros morían y sus hijos heredaban la deuda que habían dejado sus padres, por lo que muchas de estas familias estaban condenadas a trabajar generación tras generación sólo para pagar la deuda familiar.

Mientras tanto dentro de los palacios los Grandes Señores vivían una vida de lujos, con los mejores vestidos y grandes festines repletos de platos exóticos y vinos de los más costosos de Europa, en ese contexto nació la Niña Filomena, una muchacha de ojos grises muy trasparentes que a medida que iba creciendo observaba que era capaz de hacer cosas muy raras.

En una ocasión, unas de las tantas personas que habitaban el pueblo fueron a donde vivía la hechicera de la aldea, esta hechicera vivía de forma clandestina porque era odiada por todos los Grandes Señores de la Aldea debido a que siempre se había puesto al lado de los pobres jornaleros, y en muchas ocasiones había hechizado y arrojado varias maldiciones a algunos Señores que habían muerto a causa de los encantamientos y embrujos de la hechicera.

Esa persona era Joaquín, hijo de un campesino que había muerto hace poco a garrotazos ordenados por un Gran Señor, quería venganza y no cerraba los ojos ni de día ni de noche por el rencor que llevaba en su corazón, este muchacho que trabajaba en el palacio de la Niña Filomena había hablado con la hechicera para llenar de maldiciones el palacio donde vivía el Padre de Filomena, El Señor de Braganza, que el pueblo acusaba de haber ordenado los garrotazos mortales que le dieron al Padre de Joaquín.

Al entrar a la casa la hechicera le dijo:

-Pasa joven, ya sé a lo que vienes y será un honor para mí ayudarte en tu venganza, que no sólo es la venganza tuya sino la de todo un pueblo que tiene que aguantar los maltratos, la tortura y la explotación de los Infelices Señores, es hora de que haya justicia.

-Así es querida amiga, es hora de luchar contra los que en su posición de vampiros nos chupan la sangre de generación a generación, y estoy aquí para ser un instrumento y que la justicia en esta aldea de una vez por todas se lleve a cabo – Eso dijo el Joven Joaquín.

-Querido joven, el objetivo debe ser hacerle un daño irreparable a la Niña Filomena, voy arrojar una maldición que la enfermará tanto hasta morir, esto volverá al Señor de Braganza loco y los Infelices Señores aprenderán a respetar la aldea, pero para eso necesito de ti, arrójale este veneno durante alguna comida y verás el tiempo hacer prodigios.

El joven que había crecido en ese palacio y había visto toda la vida a la Niña Filomena lo dudó un poco, pero era tanto la rabia, la furia y el odio que llevaba dentro de su pecho que se comprometió con la hechicera de hacerlo esa misma noche.

Joaquín hizo tal y como lo acordó con la bruja, aprovechando que él trabajaba y dormía en los potreros del Gran Señor de Braganza, esa misma noche se introdujo en la cocina y arrojo el veneno que le había suministrado la malvada hechicera en la cena de la Niña Filomena, fue tan astuto que nadie lo vio, sólo era testigo su consciencia de lo que pronto iba a suceder.

Como se esperaba, la Niña Filomena de forma encantadora comió su rica cena, un exquisito plato elaborado en los Palacios de Milán, esa mismo día a mitad de la noche, la Niña Filomena se empezó a resentir de los efectos del veneno.

Tuvo varias convulsiones y en la mañana ya tenía la mirada perdida y ninguno de los remedios que se le habían aplicado tenía efecto, su padre que estaba destrozado por lo que estaba pasando tuvo el aplomo suficiente y llevó a la niña a otra gran hechicera, esta hechicera era consultada cada vez que su colega de forma clandestina arrojaba alguna maldición a los Grandes Señores.

Cuando la hechicera vio a la chica le dijo a su padre que la Niña Filomena tenía dones y le pidió un espejo para probárselo, la hechicera le dio unas hierbas para estabilizarla y le devolvió el color a las mejillas, en cuanto el padre le dio el espejo le pidió a la niña que se mirará a sí misma con ganas de curarse y enseguida rompió el hechizo.

Y es que la hechicera se había dado cuenta que la Niña Filomena nada más con la mirada podía curar y ser curada de cualquier enfermedad o hechizo, ante esta nueva novedad la Niña Filomena estaba sorprendida de lo que hizo y de lo qué podía hacer.

Así, la Niña Filomena llegó a su casa pero después de vivir todo eso hay cosas que empezaron a cambiar, esta hermosa doncella salía todas las tardes al balcón del palacio y miraba a todos los habitantes de la aldea pero ya no los miraba con piedad sino con deseos de curarlos, y así fue que los habitantes de la aldea que pasaban al frente del palacio se curaban milagrosamente de todas las dolencias que tenía.

Después del fracaso de Joaquín y la hechicera, este se carcomía el pecho en odios y andaba lleno de rencor, sin embargo un día su madre enfermó terriblemente y no tenían un centavo para atenderla, incluso la bruja de la aldea se negó diciéndole que su madre ya era de Dios.

Sin embargo, pasando por los potreros para montar a caballo la Niña Filomena escuchó los quejidos de dolor de Joaquín ante la inminente muerte de su madre, y le dijo que la llevara donde estaba ella, el joven se tragó toda la rabia y se apuró en acompañarla.

Cuando llegaron, la Madre de Joaquín estaba muy mal, sus brazos distendidos no anunciaban ninguna evolución, sin embargo la Niña Filomena la miró tan fuerte con la transparencia de sus ojos que la Madre de Joaquín se sanó, Joaquín no lo podía creer y por poco pierde la cabeza.

Desde entonces la doncella no dejó nunca que un anciano o un niño enfermarán en la aldea, y cuando murió, el pueblo le hizo un templo hermoso donde la adoraban como a una santa.

Cuentos relacionados a La Niña Filomena

Configuración