La panadería

La panadería

Luego de muchos años de sacrificio, por fin Joel había juntado los ahorros suficientes para abrir su propio negocio. Se trataba de una panadería que se encontraba a las afueras del reino. Era un pequeño local con paredes de madera. Sin embargo, al fondo se hallaba un gran horno de piedra.

Todos los días antes del amanecer Joel preparaba sus panes con gran esmero. La mayoría de las personas que entraban a su local, volvían una y otra vez pues decían que el sabor de sus productos era inigualable.

Sin embargo, su suerte duró poco pues Isidro (el hijo mayor del recaudador de impuestos) abrió un negocio similar a unos cuantos pasos de distancia. El dinero era una de las pocas cosas que no le interesaban a Isidro, ya que gracias a su padre, podía acceder a grandes sumas con sólo mover un dedo.

Lo que lo motivaba a emprender tal acción era el deseo de destruir a la clase trabajadora del reino. Su nombre era ya conocido por don Evaristo, el antiguo dueño del molino y por Don Marcelino el otrora propietario de la pescadería.

La táctica era muy sencilla, ofrecer precios bajos aunque los productos fueran de muy mala calidad. Desde luego, las personas de ese reino recibían un salario bajo, con lo que una opción como la que ofrecía Isidro era la más conveniente para sus bolsillos.

Poco antes de que Joel tomara la decisión de clausurar su negocio y volver a las labores del campo, se enteró de que en el reino habría un concurso de panaderos. El primer premio consistía en convertirse en el hornero principal de su majestad. Ante tal noticia, Joel se entusiasmó muchísimo y fue rápidamente a inscribirse.


En la etapa preliminar había 40 competidores, por lo que se esperaba una competencia seria y reñida. Una a una las rondas se fueron sucediendo hasta que quedaron solamente dos contrincantes: Joel e Isidro.

Como en todo gran cuento la justicia ponía frente a frente al gigante contra el pequeño (muy al estilo de David y Goliat).

Faltando sólo un día para la gran final, un incendio misterioso acabó con el local y las provisiones de Joel. Todos los sueños que el joven había forjado, quedaban en un instante convertidos en cenizas.

Nunca se supo quién fue el culpable de ese acto, no obstante, la gente culpaba en silencio al hijo del colector.

Su intervención en esos acontecimientos se hizo todavía más evidente cuando Isidro le ofreció a Joel una bolsa repleta de monedas de oro con tal de que abandonase el concurso. Sin embargo el chico no aceptó y las cosas siguieron su cauce.

La noche anterior al duelo Joel se le acercó a su abuelo y le dijo:

– ¿Qué voy hacer abuelo? No tengo dinero más que para comprar un costal de harina. Sólo podré hornear pan blanco.

– No te desanimes hijo, el bien siempre triunfa sobre el mal. Aunque a veces esas victorias tomen más tiempo de lo esperado.


A las cinco de la mañana, se escucharon las ruedas de un carruaje. Joel corrió a ver qué pasaba y descubrió que en su pórtico descansaban toda clase de ingredientes deliciosos (frutas, azúcar, harina, huevos etcétera). En uno de esos costales se podía leer la inscripción “Tienes lo que necesitas, ahora a ganar”.

La derrota de Isidro fue aplastante. Joel se convirtió en el hornero del reino y contribuyó a que otros tuvieran los mismos deseos de superación. Sin embargo, nunca supo a quién agradecerle su éxito.

Por si se lo preguntan, el extraño benefactor no fue otro que el padre de Isidro, pues quería darle una buena lección a su hijo. “El dinero no compra el talento”.

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