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La ratoncita llorona

La ratoncita llorona

Era un invierno terrible en San Petersburgo y los ratones de la ciudad se guardaban lo más que podían para no morir de frío, racionaban el queso y las verduras que tenían y todos comían y se abrigaban hasta el final del invierno.

Esta situación siempre colocaba en ascuas a los gatos, que además del frío tenían que aguantar hambre porque los ratones se negaban a salir de sus hogares, esto disgustó mucho a un gato llamado Gonnia que estaba muerto de hambre y quería buscar la manera de que uno de estos ratones le abriera su hogar para llenarse el estómago.

Por tanto Gonnia ideó un plan para que los ratones la dejaran entrar, se hizo pasar por un perro y empezó a dar falsos ladridos, en ese momento uno de los ratoncitos le dijo a su madre que había un perrito que tenía mucho frío afuera de la buhardilla.

La madre se acercó a la puerta y preguntó a Gonnia que se identificara, Gonnia respondió:

-Madrecita, soy un perro lastimero que tiene mucho frío y seguir en la intemperie me puede causar la muerte, si tan solo pudiera quedarme esta noche en su casa y darme un poco de comida podrías salvarme la vida.

La Ratona respondió que no tenía suficiente comida para él, que ya quedaba poca en la despensa y que no podía dejar de alimentar a sus ratoncitos.

– Esta bien, no importa, sólo dame un espacio donde dormir para no morir de frío, te suplico ratoncita apiádate de mí.

Así fue que la ratoncita accedió y le abrió la puerta al Gato Gonnia, al mirar al gato salió corriendo y pidió a sus hijitos que le siguieran y se escapó por otra puerta, el gato los persiguió pero cuando sintió lo cálida que estaba la buhardilla y vio la despensa repleta de comida decidió quedarse.

La ratoncita quedó en la calle con sus hijitos y todo los animalitos que pasaban la veían y le preguntaban, pero en lo que contaba lo sucedido a otros ratones, apenas les decía que se trataba de un gato, ninguno se atrevía a hacer nada, huían del miedo deseándole buena suerte.

Sin embargo un perro llamado Trolda se acercó a la ratoncita y le preguntó que le pasaba.

-¿Qué te pasa ratoncita? ¿Por qué tienes tus hijos en la calle?

– Amigo, un gato haciéndose pasar por un perro lastimero dijo que le diera posada por lo menos por esa noche pero cuando entró a mi hogar salió a perseguirme y si no me muevo con rapidez se hubiera comido a mis ratoncitos.

-¡Qué gato tan malvado! Tú, amiga ratoncita, necesitas justicia, no te vas a morir en ese suelo helado, voy a ayudarte a volver tu casa.

Así que la ratoncita aceptando la ayuda del Perro Gabriel que prometió liberar su hogar del malvado gato se fue con sus ratoncitos, al llegar a la buhardilla se escuchaba la mandíbula del gato comiendo y comiendo.

Cuando el gato sintió las pisadas de un animal grande empezó a ladrar y a ladrar fingidamente, el perro se paralizó y le dijo a la ratoncita que adentro había un perro, la ratoncita le recordó que era el gato fingiendo ser un perro

Esto molestó más al perro y cuando entró a la buhardilla se encontraron con el gato con la panza hinchada limpiándose los dientes con unos palillos y bostezando de llenura y fastidio, pero en cuanto vio al perro se asustó y enseguida se engrinchó y se puso alerta.

El Perro Gabriel empezó a perseguirlo y el gato que se veía tan arisco y tan valiente salió disparado como una bala de la buhardilla y no volvió más.

Cuando la ratoncita entró a su casa con sus hijitos se desbordó en llanto, toda su casa estaba destruida, la alacena estaba totalmente vacía, había recuperado su casa pero estaba vuelta trizas y ya no tenía que comer.

El Perro Gabriel pudo alcanzar al gato y le dio una paliza, luego el perro regresó a la casita de la ratoncita, y encontrándola en llanto le preguntó:

-Ratoncita, ya le di una paliza al gato malvado, todo está bien ¿Porqué lloras?

La ratoncita respondió:

-Es que el malvado gato no sólo me ha echado de la casa, sino que también ha destruido todo y se ha comido el alimento de mis hijos, ahora sí querido perro me voy a morir de hambruna ¡Por Dios! ¡Qué Desgracia!

-Tranquila ratoncita, buscaré alguna manera de conseguir que tus hijitos y tu tengan alimentos que comer, no te dejaré sola.

El Perro Gabriel salió y la ratoncita se quedó arreglando el desastre que había dejado el malvado gato, mientras sus ratoncitos empezaban a chillar del hambre que tenían.

El Perro Gabriel empezó a hablar con todos los animalitos del vecindario, habló con la gallina y esta le dio maíz al perro para la ratoncita, una vaca que estaba recién parida le dio leche fresca y un pedazo de queso, y así fue llenando un saco de alimentos para la ratoncita y caminó hasta la buhardilla.

Dentro estaba la ratoncita desesperada llorando mientras que sus pequeñas criaturas también estaban bañadas en llanto del hambre que tenía, al llegar el perro la ratoncita dejó de llorar, ella nunca pensó que el perro fuera a volver pero regreso algo pesado.

Al ver que el Perro llevaba un saco amarrado en su espalda la ratoncita se sorprendió y le dijo:

-¿Qué llevas ahí Gabriel? ¿Para qué me traes el gato muerto?

-No, te equivocas ratoncita, no es ningún gato muerto, en mi corazón cabe completa la justicia pero ni por asomo la venganza, en este caso llevo comida mucha comida, para que tus ratoncitos no mueran de hambre y tú puedas estar tranquila.

La ratoncita no lo podía creer, tanta comida no cabía en la buhardilla, nunca en la vida había vista tanta comida junta, ahora no tendría que buscar comida en invierno, la ratoncita muy agradecida le dio un besito al Perro Gabriel en la mejilla.

Entonces el Perro Gabriel abandonó la casa y volvió a donde él vivía, muy cerca de la buhardilla, cuando llegó a su casa la melancolía era tan grande que ocupaba todo el espacio, de verdad el Perro Gabriel le había agarrado un cariño infinito a la ratoncita, incluso esa noche durmió muy poco.

Al día siguiente sólo pensaba en la dulce ratoncita, en ocasiones tenía miedo de que el gato volviera y se comiera a su querida amiga y a sus ratoncitos, esa misma tarde decidió ir a la buhardilla de la ratoncita para ver cómo estaba.

Al llegar, la ratoncita lo sentó en la mesa y le preparó una deliciosa y suculenta torta de queso, el Perro Gabriel se sentó a degustar el maravilloso postre, pero el melancólico perro después de haber conocido a la ratoncita ya no quería estar solo y desde ese momento le pidió que la dejara vivir con ella.

Desde entonces todos los días de la ratoncita y el Perro Gabriel estuvieron llenos de felicidad y armonía, ella le preparaba los mejores postres y él le daba compañía y la defendía en caso que el gato malvado apareciera de nuevo.

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